Según el Papa, el aumento de entidades que trabajan a favor de los demás se debe a que “el imperativo del amor al prójimo ha sido grabado por el Creador en la naturaleza misma del hombre. Pero es también un efecto de la presencia del cristianismo en el mundo” (DCE 31). ¡Qué preciosidad! Por un lado, Dios Padre pone en lo más íntimo de cada hombre la necesidad de amar a sus semejantes y por otro, la sola presencia de los cristianos contagia al resto de la comunidad este afán por el bien de los otros. La fuerza del cristianismo, que reside precisamente en su amor y su entrega gratuita, es capaz de romper las propias fronteras y extenderse a través de la sociedad. Esta es precisamente la nota que debe caracterizar la acción caritativa de la Iglesia. La caridad, entendida como enseña san Pablo, es lo que debe diferenciar la actividad eclesial en este campo, del mero reparto de ayuda y recursos que pueden hacer muy bien otros organismos. Dice el Santo Padre, en primer lugar, que la misión caritativa de la Iglesia “es ante todo y simplemente la respuesta a una necesidad inmediata en una determinada situación: los hambrientos han de ser saciados, los desnudos vestidos, los enfermos atendidos para que se recuperen, prisioneros visitados, etc.” (DCE 31). |