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La religiosidad popular ha visto en María un camino para llegar a Dios. La piedad tradicional recurre a ella con mucha frecuencia. Se ensalza su grandeza, se le piden cosas concretas, se encuentra en la Virgen un consuelo y especialmente se le encarga a ella que presente a Dios, o a Jesús, las necesidades. Son oraciones de siempre que rezaron muchas generaciones de cristianos y que guardan una fe sencilla y verdadera bajo unas formas que quizá deban actualizarse.

 

El ángel del Señor anunció a María
Y concibió del Espíritu Santo

Dios te salve, María…

He aquí la esclava del Señor
Hágase en mí según tu palabra

Dios te salve, María...

La Palabrase hizo carne
y habitó entre nosotros

Dios te salve, María...

ORACIÓN:
Derrama, Señor, tu gracia sobre nosotros,
que, por el anuncio del ángel, hemos conocido
la encarnación de tu Hijo,
para que lleguemos por su pasión y su cruz
a la gloria de la resurrección.
Por Jesucristo nuestro Señor. Amen.

 

 

Reina del Cielo alégrate, aleluya,
porque el Señor,
a quien has merecido llevar, aleluya,
ha resucitado, según su palabra, aleluya.
Ruega al Señor por nosotros, aleluya.

V/ Goza y alégrate Virgen María, aleluya
R/ Porque resucitó verdaderamente el Señor, aleluya

Oración:
Oh Dios, que por la resurrección de tu Hijo,
nuestro Señor Jesucristo,
has llenado el mundo de alegría,
concédenos, por intercesión de su Madre,
la Virgen María,
llegar a alcanzar los gozos eternos,
Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

(Sustituye al ángelus en el tiempo pascual)

 

 

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

Él hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abrahán y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. (Lucas 1,46-55)

 

 

Dios te salve,
Reina y Madre, de misericordia
vida, dulzura y esperanza nuestra.
Dios te salve.
A ti llamamos,
los desterrados hijos de Eva
a ti suspiramos
gimiendo y llorando
en este valle de lágrimas.
Ea, pues, Señora,
abogada nuestra
vuelve a nosotros
esos tus ojos misericordiosos.
Y después de este destierro,
muéstranos a Jesús
fruto bendito de tu vientre.
¡Oh clementísima, oh piadosa,
oh dulce siempre virgen María!

Ruega por nosotros
Santa Madre de Dios,
para que seamos dignos
de alcanzar las promesas
de nuestro Señor Jesucristo.
Amén.


 

Salve Regina
mater misericordiae

vita dulcedo et spes nostra.
Salve.
Ab de clamamus
exsules filii Evae.
Ab te suspiramus
gementes et flentes
in hac lacrimarum valle.
Eia, ergo,
advocata nostra
illos tuos misericordes oculos
ad nos converte.
Et Iesum,
benedictum fructum ventris tui,
nobis post hoc exsilium ostende.
O clemens. O pia.
O dulcis Virgo Maria.

Acordaos ¡Oh piadosísima Virgen !
que jamás se ha oído decir
que uno solo de cuantos han acudido a vuestra protección
e implorado vuestro socorro
haya sido desamparado de vos.
Yo, pecador, animado con tal confianza,
acudo a vos, ¡oh Madre, Virgen de las vírgenes!
a vos vengo,
delante deos me presento gimiendo.
No queráis. ¡oh Madre del Verbo!
despreciar mis súplicas;
antes bien inclinad a ellas vuestros oídos
y dignaos atenderlas favorablemente.
Amén.

(Siglo XIII. Aunque se atribuye a San Bernardo)

 

Bendita sea tu pureza
y eternamente lo sea,
pues todo un Dios se recrea
en tan graciosa belleza.
A ti, celestial princesa,
Virgen sagrada, María,
te ofrezco en este día
alma, vida y corazón.
¡Mírame con compasión!
¡No me dejes madre mía!
(S. XVII).

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