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| Recursos
>>Oracional |
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Ven,
Espíritu
divino,
manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre;
don, en tus dones espléndido;
luz que penetra las almas;
fuente del mayor consuelo.
Ven, dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos. Entra hasta el fondo del alma,
divina luz, y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre,
si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado,
cuando no envías tu aliento. Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas, infunde
calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce
el sendero. Reparte tus siete dones,
según la fe de tus siervos;
por tu bondad y gracia,
dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno. Amén.
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¡Tarde te amé,
hermosura tan antigua y tan nueva,
tarde te amé!
Y ves que tú estabas dentro de mí y
yo fuera,
Y por fuera te buscaba;
Y deforme como era,
Me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste.
Tú estabas
conmigo mas yo no lo estaba contigo.
Me retenían lejos de
ti aquellas cosas
Que, si no estuviesen en ti, no serían.
Llamaste y clamaste,
y rompiste mi sordera:
Brillaste y resplandeciste, y fugaste mi
ceguera;
Exhalaste tu perfume y respiré,
Y suspiro por ti;
Gusté de ti, y siento hambre y sed;
Me tocaste y me abrasé en
tu paz.
"Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón
está
inquieto hasta que descanse en ti" (San Agustín)
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Señor,
haz de mí un
instrumento de tu paz.
Allí donde haya odio, que yo ponga amor;
allí donde haya ofensa, que yo ponga perdón:
allí donde haya discordia, que yo ponga unión;
allí donde haya error, que yo ponga fe;
allí donde haya desesperación, que yo ponga esperanza;
allí donde haya tinieblas, que yo ponga luz;
allí donde haya tristeza, que yo ponga alegría.
Oh, Maestro,
que yo no busque tanto ser consolado... como consolar,
ser comprendido... como comprender,
ser amado... como amar.
Porque
es olvidándose... como uno se encuentra,
es perdonando... como uno es perdonado,
es dando... como uno recibe,
es muriendo... como un resucita a la vida.
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El
Señor te bendiga y te guarde;
te muestre su faz
y tenga misericordia de ti.
Vuelva su rostro a ti y
te dé la paz.
El Señor te bendiga.
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Altísimo
y omnipotente buen Señor,
tuyas son las alabanzas,
la gloria y el honor y toda bendición.
A ti solo, Altísimo, te convienen
y ningún hombre es digno de nombrarte.
Alabado seas, mi Señor,
en todas tus criaturas,
especialmente en el Señor hermano sol,
por quien nos das el día y nos iluminas.
Y es bello y radiante con gran esplendor,
de ti, Altísimo, lleva significación.
Alabado seas, mi Señor,
por la hermana luna y las estrellas,
en el cielo las formaste claras y preciosas y bellas.
Alabado seas, mi Señor, por el hermano viento
y por el aire y la nube y el cielo sereno y todo tiempo,
por todos ellos a tus criaturas das sustento.
Alabado seas, mi Señor, por el hermano fuego,
por el cual iluminas la noche,
y es bello y alegre y vigoroso y fuerte.
Alabado seas, mi Señor,
por la hermana nuestra madre tierra,
la cual nos sostiene y gobierna
y produce diversos frutos con coloridas flores y hierbas.
Alabado seas, mi Señor,
por aquellos que perdonan por tu amor,
y sufren enfermedad y tribulación;
bienaventurados los que las sufran en paz,
porque de ti, Altísimo, coronados serán.
Alabado seas, mi Señor,
por nuestra hermana muerte corporal,
de la cual ningún hombre viviente puede escapar.
Ay de aquellos que mueran
en pecado mortal.
Bienaventurados a los que encontrará
en tu santísima voluntad
porque la muerte segunda no les hará mal.
Alaben y bendigan a mi Señor
y denle gracias y sírvanle con gran humildad.
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Alma de Cristo, santifícame.
Cuerpo
de Cristo, sálvame.
Sangre de Cristo, embriágame.
Agua del costado de Cristo,
lávame.
Pasión de Cristo, confórtame.
¡Oh, buen Jesús!, óyeme.
Dentro de tus llagas,
escóndeme.
No permitas que me aparte de Ti.
Del maligno enemigo, defiéndeme.
En la hora de mi muerte,
llámame.
Y mándame ir a Ti.
Para que con tus santos te alabe.
Por los siglos de los siglos.
Amén.
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Tomad, Señor, y
recibid
toda mi libertad,
mi memoria,
mi entendimiento
y toda mi voluntad;
todo mi haber y mi poseer.
Vos me lo disteis,
a Vos, Señor, lo torno.
Todo es Vuestro:
disponed de ello
según Vuestra Voluntad.
Dadme Vuestro Amor y Gracia,
que éstas me bastan. Amén |
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Nada te turbe;
nada te espante;
todo se pasa;
Dios no se muda.
La paciencia
todo lo alcanza.
Quien a Dios tiene,
nada le falta.
Solo Dios basta.
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Padre, Me pongo en tus
manos.
Haz de mí lo que quieras.
Sea lo que fuere,
Por ello te doy las gracias.
Estoy dispuesto a todo.
Lo acepto todo,
Con tal de que se cumpla
Tu voluntad en mí
Y en todas tus criaturas.
No deseo nada más, Padre.
Te encomiendo mi alma,
Te la entrego
Con todo el amor de que soy capaz,
Porque te amo y necesito darme,
Ponerme en tus manos sin medida,
Con infinita confianza,
Porque tú eres mi Padre.
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A través de las tinieblas
que me rodean
¡condúceme Tú, siempre más adelante!
La noche es oscura
y estoy lejos del hogar:
¡condúceme Tú, siempre más adelante!
Guía mis pasos: no pido ver ya
lo que se dice ver allá abajo: un solo paso cada vez
es bastante para mí.
Yo no he sido siempre así
ni tampoco he rezado siempre
para que Tú me condujeras. Tú, siempre más adelante.
Deseaba escoger y ver mi camino; pero ahora:
¡condúceme Tú, siempre más adelante!
Ansiaba los días de gloria, y a pesar de los temores
el orgullo dirigía mi querer:
¡oh!, no te acuerdes de esos años que pasaron ya.
Tu poder me ha bendecido tan largamente
que aún sabrá conducirme siempre más adelante
por el llano y por los pantanos,
sobre la roca abrupta y el bramar del torrente
hasta que la noche haya pasado
y me sonrían en la mañana esas caras de ángeles
que había amado hace largo tiempo
y que durante una época perdí.
¡Condúceme, dulce Luz!
¡Condúceme Tú, siempre más adelante! |
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Mi fuerza y mi fracaso
eres
tú.
Mi herencia y mi pobreza.
Tú, mi justicia, Jesús.
Mi guerra y mi paz.
¡Mi libre libertad!
Mi muerte y vida, tú.
Palabra de mis gritos.
Silencio de mi espera.
Testigo de mis sueños
¡Cruz de mi cruz!
Causa de mi amargura.
Perdón de mi egoísmo.
Crimen de mi proceso.
Juez de mi pobre llanto.
Razón de mi esperanza.
¡Tú!
Mi tierra prometida
Eres tú…
La Pascua de mi Pascua.
¡Nuestra gloria
Por siempre,
Señor Jesús!
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Qué tengo yo, que
mi amistad procuras?
¿Qué interés se te sigue,
Jesús mío,
que a mi puerta, cubierto de rocío,
pasas las noches del
invierno oscuras? ¡Oh, cuánto fueron mis entrañas duras,
pues
no te abrí! ¡Qué extraño desvarío,
si
de mi ingratitud el hielo frío
secó las llagas de
tus plantas puras! ¡Cuántas veces el ángel me decía:
«Alma,
asómate ahora a la ventana,
verás con cuánto
amor llamar porfía»! ¡Y cuántas, hermosura soberana,
«Mañana
le abriremos», respondía,
para lo mismo responder mañana! |
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